La conservación puede aplicarse
en teoría a tres niveles de organización: génica, de organismo y Ecológica. Con
el avance de las técnicas de ingeniería genética, es posible que en el futuro
lleguen a establecerse bancos de ADN; sin embargo, por el momento los genes se conservan
agrupados en individuos o en ecosistemas.
Los métodos de conservación de
recursos filogenéticos pueden clasificarse de esta forma en dos grandes
categorías: métodos de conservación ex situ y métodos de conservación in
situ. Estos últimos consisten en
preservar las variedades o poblaciones vegetales en sus hábitats originales, mientras
que en los primeros la conservación se realiza en los denominados bancos de germoplasma.
Conservación en campo:
La conservación mediante
colecciones de plantas mantenidas en el campo se realiza fundamentalmente en
especies sexualmente estériles o que poseen semillas que no pueden ser conservadas
durante largos periodos de tiempo. Se emplea también en especies de
reproducción vegetativa para el mantenimiento de clones y en aquellas que tardan
mucho en producir semilla, como es el caso de las forestales. Entre los
cultivos que se conservan en colecciones de este tipo se encuentran algunos de
tanta importancia como la patata, la mandioca, el ñame, la batata, el plátano y
los árboles frutales en general. Las colecciones de plantas se mantienen en el
campo, regenerándolas periódicamente a intervalos que dependen de la duración
del ciclo de la planta. Este tipo de conservación necesita grandes extensiones
de superficie, especialmente cuando se trata de árboles, y requiere un coste de
mantenimiento elevado sobre todo si las plantas necesitan regeneraciones
anuales o muy frecuentes. El riesgo de pérdidas por ataque de plagas y enfermedades,
anomalías climáticas u otros accidentes naturales es también mayor que en otros
tipos de conservación.
Conservación de semillas:
Este método de conservación es
actualmente el más utilizado en los bancos de germoplasma, Resultando el más
eficiente, económico y seguro para la conservación ex situ de la mayoría de las
especies de las zonas templadas, cuyas
semillas son capaces de permanecer viables largo tiempo bajo
determinadas condiciones (semillas “ortodoxas”). La longevidad de las semillas
ortodoxas puede aumentarse extraordinariamente disminuyendo su contenido de
humedad y la temperatura de almacenaje. Según las reglas empíricas de Harrington
(1965), la vida de la semilla se duplica por cada 5ºC de disminución de
temperatura y por cada 1% de reducción de su contenido en humedad, siendo ambos
efectos aditivos. La disminución simultánea de estos dos factores permitiría,
al menos teóricamente, mantener durante cientos de años la viabilidad de las
semillas, siendo el proceso utilizado mayoritariamente por los bancos. En la
actualidad, las Normas para Bancos de Genes (FAO/IPGRI, 1994) recomiendan como condiciones
más adecuadas para la conservación de colecciones a largo plazo (colecciones
base), un contenido de humedad de la semilla del 3-7% y una temperatura de
–18 C. Condiciones menos estrictas, principalmente en lo que se refiere a la
temperatura, se admiten para la conservación de colecciones a medio plazo
(colecciones activas).
El proceso de conservación de
semillas comprende varias etapas sucesivas y se inicia con el registro de las
entradas y con las operaciones de limpieza requeridas en cada caso. Las
semillas se desecan a continuación en un ambiente con baja humedad relativa
hasta alcanzar la humedad interna deseada, se envasan herméticamente y se
almacenan en cámaras frigoríficas. La elección de recipientes adecuados es un
aspecto crítico de la conservación y, de hecho, la pérdida de hermeticidad durante
el almacenaje ha sido probablemente una de las mayores causas de erosión genética
de muchos y muy importantes bancos de germoplasma. Previamente al almacenaje
debe evaluarse la viabilidad de las muestras, lo cual se hace normalmente
mediante ensayos de germinación. La baja calidad de las semillas de partida es
un factor que influye negativamente en su longevidad, por lo que las muestras
iniciales deben tener porcentajes de germinación lo más elevados posible,
tomándose normalmente el 85% como valor umbral. La viabilidad de las entradas
debe ser controlada periódicamente para impedir un envejecimiento de las
semillas que puede alterar sus características genéticas. Como norma general se
recomienda una revisión cada 10 años para colecciones base y una regeneración
de la muestra cuando la germinación haya descendido por debajo del 85% del
valor inicial (FAO/IPGRI, 1994).
fuente:
http://www.esporus.org/recursos/articles/agrobiodiversitat/conservacion_rec_fitog_isaura_martin.pdf
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